-7-
La hora de la cena había llegado. Marina me había
enseñado a peinarla para así poder peinarnos la una a la otra. Ella me hizo una
larga trenza que decía que se llamaba de “espiga”, había quedado preciosa. Yo
como ella me había enseñado, la hice un recogido con trenzas. Cuando salimos de
la habitación, Leo y Roberto ya estaban sentados en la mesa. Marina me dijo al
oído que nos sentáramos juntas pero le hice el gesto de que se sentara al lado
de Rob para que tuvieran la oportunidad de decirse algo. Yo me tuve que sentar
con Leo, que parecía enfadado conmigo por cómo estaba y, realmente, con razón.
No me había comportado bien con él antes y quizá ahora se sentía triste o
enfadado conmigo. En un par de ocasiones intenté preguntarle cómo le había ido
el resto del día, pero no me contestó en ninguna de las dos. Me sentía
realmente mal por su rechazo, mi corazón iba cayéndose a pedazos ante su
altanería. Pero no entendía por qué tiene que ser el enfadado si era yo la que
sufría por sus palabras y ahora por su deprecio, tenía que ser yo la enfadada.
La
cena estaba buena, pero no podía decir que era así que le pregunte a la señora
Dolores:
-Disculpe señora Dolores, ¿Qué es esto tan rico que estamos
comiendo?
-Pues es una tortilla de patatas muchacha, ¿Nunca la habías comido?-preguntó
la señora Dolores con curiosidad. –Realmente
no lo sé, no logro recordar nada. –Cierto,
perdona querida, ¿Te gusta?
-Pues sí, está muy
rica, de nuevo gracias por todo.-dije agradecida por el trato
-De nada, muchacha, en la vida hay que ayudarse los unos a los
otros. La
señora Dolores estaba en lo cierto, si ellos no me hubieran ayudado yo no
estaría aquí, tan cerca de tener el amor de Leo pero a la vez tan lejos. Me
fijé en Marina y Roberto, no paraban de reír, era tan bonito verlos. Sin
embargo, Leo seguía sintiendo indiferencia hacia mí. Al acabar la cena, pedí
permiso para irme a la habitación puesto que no quería seguir al lado de ese
idiota del cual podría haberme enamorado.
Al rato entró
Marina a la habitación con una sonrisa de oreja a oreja. Empezó a contarme como
le había ido con su amado.
–Amiga,
yo no creía que podía pasarme esto a mí. Ha estado tan tierno conmigo, hasta me
ha cogido de la mano. Creo que tengo un casi novio.-dijo muy felizmente. –Me
alegro muchísimo. Yo no puedo decir lo mismo, tu hermano en un estúpido, no sé
qué le ha pasado pero ya no era el chico de esta mañana. –Quizá
es que te pusiste tan borde que piensa que no quieres nada con él y ahora
intenta no hablarte para no sentirse mal. –Tampoco
creo que le siente bien ignorarme, para mí no es grato, me duele.-dije con
lágrimas en los ojos. –Mañana trátale
mejor, quizá así se ablande un poco. Bueno amiga descansa, tengo sueño.
–Buenas noches Marina-me despedí.
Pasaba el tiempo y yo no podía dormirme, entre que
no sabía mi identidad y que Leo me ignoraba, mi cabeza no estaba tranquila. Aún
me dolía el brazo, tenía que haberme curado la herida. Tras un rato, pensé que
lo mejor sería tomar un poco el aire y, de paso, intentar curarme el
brazo. Cuando
salí ahí estaba él, cortando leña sin camiseta a esas horas de la madrugada. Se
le marcaban los músculos, estaba fuerte. Me imagine otra vez entre sus fuertes
brazos. Leo no me vio con lo cual aproveché para ir a por agua sin que me
viera. Me senté en una pequeña banqueta
e intenté quitarme lo que quedaba de la flecha que, recuerdo, había atravesado
mi brazo. Al momento, Leo se sentó a mi lado e intentó ayudarme sin decir una
palabra pero me negué.
–Déjame curarte el brazo como te prometí esta mañana, por favor.-me
pidió Leo.
–Bueno si te
dignas a hablarme entonces puedes curarme claro.-le repliqué
-Te estoy preguntado, ¿eso es hablar no?-respondió bruscamente. –Si
me vas a tratar así, entonces, prefiero que no me toques.-le protesté
-Trae el
brazo y… perdóname si he sido brusco y por portarme mal contigo antes. Me ha
sentado mal esta mañana que de repente te pusieras borde y me trataras mal,
pero sé que te he hecho daño a ti y también me lo he hecho a mí, porque me
duele no hablarte. Pero no entiendo por qué empezaste a tratarme así.-dijo
preocupado.
–Leo, yo te perdono y perdóname tú a mí también. Pero es que después de
que Marina dijera que estabas prometido, no quería saber nada de ti, no
entendía por qué me decías cosas bonitas. Pensé que eras así con todas.-le
contesté de manera muy triste. –Preciosa,
yo no siento nada por Diana, es solo por conveniencia y no quiero casarme con
ella. Sin embargo, en cuanto te miré a
los ojos sentí algo por ti, algo fuerte. Créeme princesa, eres tú la única con
la que me sale ser tierno y romántico.-dijo besándome la mano.
Leo se concentró en curarme el brazo y una vez que hubo terminado le
contesté:
-Leo, yo no sé quién soy, no quiero ilusionarme contigo y tampoco quiero
que tú te ilusiones conmigo. No quiero sufrir ni hacer sufrir.-dije siendo
realista.
–Tú por eso no te preocupes preciosa, seas quien seas, hare lo que sea
menester para no perderte nunca y permanecer siempre a tu lado.
–Leo, yo… no quiero apresurarme pero tampoco quiero perder el tiempo, no
quiero separarme de ti pero suena extraño, acabamos de conocernos.
–Princesa mía, el amor verdadero solo hay que mirarlo a los ojos para
reconocerlo y sé que esto es lo más real que hay.
Leo se fue
acercando lentamente, nos miramos a los ojos, nos sonreímos y poco a poco
nuestros labios iban acercándose hasta que…
-¡Leo,
que haces ahí con la muchacha a estas horas!-se escuchó a Don Pedro decir desde
la puerta de la casa.
–Padre,
la estaba curando la herida del brazo, que esta mañana no terminé. Solo era
eso. –Iros a dormir, que ya es
tarde.
Leo y yo nos despedimos con un beso en la mejilla y un abrazo.
Rápidamente me fui a la cama. No me podía creer lo que casi acababa de pasar.
Ojalá no nos hubiera interrumpido Don Pedro, pero ahora si estaba segura de los
sentimientos de Leo. Me encontraba feliz.