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Aquel día hacía frio. Mi padre nos advirtió a mi madre y a mí del peligro. Podrían asaltar nuestro castillo en cualquier momento. Yo visualizaba a los caballeros que nos estaban invadiendo en sus caballos que cabalgaban con furia hacia nuestro castillo. Tenía miedo, mucho miedo y mi prometido no estaba conmigo para prometerme que todo saldría bien. Mi prometido, El Príncipe Eduardo de Marlia, sonaba tan bien, se había ido hace unos días a su reino porque le necesitaban allí, aunque claramente nadie le necesitaba más que yo en este momento, yo Victoria de Dalamia. Desde mi ventana veía el pánico en las gentes del pueblo, que huían como podían sin ser vistos. Yo también quería huir, quería irme y no lo pensé, me dispuse a coger mi capa, una manta y algunas cosas más que necesitara para pasar la noche. En el momento en el que me disponía a salir, mi padre llegó y nos dijo que al ser el rey no podía abandonar el reino por su honor, pero nos dejó a mi madre y a mi huir para poder salvarnos. Abrimos una pared donde había un túnel que nos sacaría de aquel castillo. Una vez fuera, la muchedumbre corría desconsolada bajo la lluvia, yo también corrí creyendo que mi madre iba detrás, pero no estaba, mi madre había desaparecido. Intentando buscarla con la mirada, la gente me golpeaba y pisaba. De repente noté como algo me penetraba el brazo izquierdo, era un flecha, me la quité como pude y seguí huyendo entre la multitud, sin encontrar a mi madre. Después de un rato corriendo me paré para descansar, pero la gente me golpeaba. Noté como alguien me golpeó con algo en la cabeza. Caí desplomada. Aún con conocimiento sentía las pisadas de la gente. Nadie se paró a ayudarme. Pensé que aquel era mi final.
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