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-Eh, Eh, Chica… ¿Hola?- dijo una voz.
– ¡Está viva!, se está moviendo- dijo otra voz
Ambas voces eran masculinas. Madre mía como me dolía la cabeza. Me
levanté, me dolía todo y no recordaba nada ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Que estoy
haciendo aquí? ¿Qué me ha pasado? pensé. Esos hombres me ayudaron. Una vez de
pie me volví a caer. No me sostenía, entonces uno de los hombres, el más joven
me quiso coger en brazos pero no me dejé, sentía miedo, les tenía miedo.
¿Quienes eran ellos? Podían hacerme cualquier cosa, no les conocía de nada, el
chico hizo otro amago de cogerme pero me resistí. Me senté en el tocón de un
árbol y les pregunté:
-¿Quienes
sois?
-Yo soy Leo y este es mi padre
Pedro, y tu ¿Cómo te llamas?- me dijo el chico joven.
–No… no lo se, no se como me llamo, ni que hago aquí, ni nada. Tengo
miedo -No
te preocupes nosotros te ayudaremos. Yo te ayudaré- me guiñó un ojo- ¿Puedes
confiar en mi? Solo si quieres… Su
bonita sonrisa me inspiraba confianza y su mirada me hacía sentir cómoda. Sabía
que no me estaba mintiendo y que podía confiar en él. -
Si…-asentí y sonreí.
-¿Ves? Estás más
guapa sonriéndome que teniéndome miedo. Ahora ¿me dejas cogerte en brazos? Asentí
sonriéndole. Puso un brazo en mi cintura y con el otro me agarró las piernas y
me cogió. Yo rodeé su cuello con mis brazos. Nuestras miradas estaban a apenas
unos centímetros, nuestras narices se rozaron y nuestros labios sentían el
deseo de juntarse, pero yo cerré los ojos y agaché mi cabeza y él giró su
cabeza al frente. ¿Que acababa de pasar? Me sentía rara, sentía un pequeño
cosquilleo en el estómago. Llegamos a donde dejaron sus caballos. El padre de Leo se ofreció a
cogerme para que él pudiera subir bien al caballo, yo no quería soltarme de su
cuello, él tampoco quería dejarme. Me dijo que me agarrara fuerte, a si que
rodeé su cadera con mis piernas y crucé mis brazos por detrás de su cuello.
Como pudo se subió al caballo, yo me senté a lo amazona delante de él, acurruqué
mi cabeza sobre su pecho y mis brazos abrazaban su cuello de nuevo. Al rato
noté como mis ojos se cerraban. Leo me
ofreció la manta que yo llevaba y la acepté. Mis ojos se cerraron lentamente
hasta que al final me dormí.
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