-3-
Estaba medio dormida, de esas veces en las que te duermes pero te enteras de todo lo que pasa alrededor, así es como estaba yo en ese momento. Al rato ya estaba saliendo el sol, que brillaba de tal forma que no podía seguir durmiendo, el sol me daba de frente en la cara. Poco a poco me iba despertando. El brazo izquierdo de Leo me rodeaba, como si me sujetase, el otro llevaba la cuerda del caballo. Leo notó que me iba despertando por mis movimientos y me dijo: -Vaya dormilona, ya te estas despertando ¿eh?, llevas durmiendo mucho tiempo. Debería llamarte la Bella Durmiente, pues hemos pasado por una zona muy desequilibrada con muchas piedras y no te has dado ni cuenta. –Debe ser que tengo un sueño muy profundo o que he soñado algo muy bonito. –Desde luego, tenías una sonrisa de oreja a oreja mientras dormías. Me sonrojé y sonreí. Leo me devolvió la sonrisa. Coloqué mi mano sobre su pecho e intenté colocarme de la forma más cómoda posible porque se me habían dormido las piernas. Notaba el corazón de Leo latir muy rápido, el mío latía de la misma forma. El viaje se me hacía eterno. El señor Pedro iba más adelantado, un poco alejado de nosotros. Alrededor solo había árboles, estábamos atravesando un frondoso bosque. Yo solo pensaba en recordar mi nombre y quien era, de donde venía. Nada, no recordaba nada. Escuchaba el sonido de los pájaros piando y el crujir de las ramas a nuestro paso. Un poco después Leo me anunció lo siguiente: -Preciosa, ya queda poco para llegar a nuestra humilde casa, tengo una hermana, ella te ayudará a ponerte algo de ropa limpia. En cuanto lleguemos te limpiaré las heridas. ¿Te parece bien? -Me parece bien -sonreí- Ahora mismo solo puedo confiar en ti. –Cuando conozcas a mi familia sentirás que podrás confiar en cualquiera de nosotros, incluso en mi padre, que aunque parezca que no quiere saber nada de nosotros en estos momentos, simplemente se siente raro por tu presencia. -¿Raro? ¿Por qué? Yo no he hecho nada malo, bueno eso creo. Realmente no recuerdo nada de nada. –Eso es lo que le inquieta. ¿Que hacía una chica como tú tirada en medio de un camino casi muerta? Él pensó que eras… bueno ya sabes una prostituta… -Bueno ahora mismo no recuerdo nada y no puedo contestar a tu pregunta… y no, no era una cualquiera creo que eso lo sabría, aunque en esta situación yo ya no sé que pensar, si no se quien soy. –Bueno, no te preocupes. Yo te ayudaré a averiguarlo. Te lo prometo. –Acepto tu promesa-asentí. Nuestra conversación quedó zanjada en cuanto el señor Pedro tosió para avisarnos que ya estábamos cerca. –Ahora ya casi hemos llegado, ¿tienes ganas de volver a pisar tierra? -La verdad es que si. Se me han dormido las piernas. En lo que terminamos de hablar ya habíamos llegado. La casa era pequeña y de madera. Tenían un pequeño establo con un par de cerdos y una vaca. Leo se bajó del caballo y luego me cogió en brazos. Su padre se llevó los caballos. Leo se disponía a entrar en la casa, cuando por la puerta apareció una chica joven, era alta, morena y delgada, supuse que era su hermana: -¡Vaya! Hermano… ¿Quién es esta chica? -Marina, hermana mía, ella es…bueno, ella no tiene nombre… no lo recuerda. –Me presentaría si recordase mi nombre, pero no es así- dije intentando quitar importancia al asunto. –Bueno no pasa nada, ya lo recordarás, nosotros te ayudaremos. Venga pasa hermano, no te quedes ahí con la pobre muchacha en brazos. Leo cruzó el umbral de la puerta y me dejó encima de una pequeña banqueta. Nuestros cuerpos se separaban después de tanto tiempo. Un frio recorría mi cuerpo. Marina echó a Leo de la casa para que yo pudiera ponerme algo de ropa limpia. Me sacó un vestido bastante bonito, sencillo y humilde. –Este hace tiempo que no me lo pongo. Me queda corto, pero tú al ser más bajita te va a quedar perfecto, además puedes rellenarlo un poco más de la delantera que yo- me dijo sonriendo. –Bueno si tú lo dices, agradecida estoy, pero todavía no he visto mi aspecto pues no lo recuerdo. Gracias por el vestido, me gusta. –Cierto que no recuerdas nada, es que soy muy olvidadiza. Ahora te traigo un espejo que tengo. No es gran cosa pero te servirá para mirarte. –Gracias Marina. Eres muy buena conmigo. –Nada mujer. Si es que yo soy así. Mi hermano me dice que soy demasiado buena e inocente. Sonreí. Marina se levantó y se fue a por su espejo. En ese mismo momento Leo entraba por la puerta de aquella pequeña casa. En la mano llevaba un cubo de agua: -Te traigo agua del pozo para que puedas asearte un poco- me dijo. -¡Gracias! Sin agua no iba a hacer gran cosa. Gracias por acordarte. –Nada preciosa, un placer. Cada vez que me llamaba preciosa mi corazón latía rápido y ese cosquilleo en el estómago volvía. Ninguno de los dos dijo nada más. Nos quedamos mirándonos como atontados y nos sonreíamos con una sonrisa tonta. En ese momento apareció Marina con el espejo en su mano: -¿Interrumpo algo? -No nada…eh… simplemente le traje un poco de agua a nuestra invitada. –Si… solo trajo agua- dije yo bastante nerviosa. –Ah bueno, vale. Toma el espejo que me pediste para mirarte, y tú Leo ahora mismo vas saliendo por la puerta, que la muchacha se tiene que vestir y no lo va a hacer en tu presencia. –De acuerdo… ya me voy. Adiós preciosa- me dijo guiñándome un ojo. –Adiós- le sonreí. Cogí unos paños y los mojé en el agua. Me quité mis ropas y me lavé. No recordaba como era mi cuerpo, a si que me observé. Supuse que mi cuerpo era normal, como el de cualquier muchacha de mi edad, no se me salían las carnes por ningún lado. Según Marina, mi cuerpo era normal, bonito y envidiable. La pobre tenia un complejo con el suyo, no paraba de decir que si estaba gorda o que mírate tu y mírame a mi. No era ni muy flaca pero tampoco estaba gorda. Marina seguía diciendo que ojalá ella tuviera un cuerpo así, la muchacha se pensaba que estaba gorda porque ningún muchacho joven se le acercaba, yo la decía que eso era porque todavía no había conocido al hombre adecuado para ella. Además le repliqué que no tenía por qué envidiarme si ella era más alta que yo. Terminé de lavarme y me apresuré a vestirme pues hacía mucho frío. – ¡Vaya! Ese vestido te queda mejor que a mí, además lo rellenas más por delante. –Si, bueno, gracias… El vestido es bastante bonito y me gusta. Marina me tendió el espejo y me miré. En el espejo vi un rostro joven y bastante pálido. No recordaba que edad tenía pero mi aspecto era el de una joven de unos 18 o 19 años, Marina asintió. Mi pelo era castaño, liso y largo; mis ojos eran marrones y grandes y mi nariz era pequeña, pero de perfil era horrible, tenía como un pequeño gancho para abajo, no me gustaba mi nariz. Mi cara era redonda, mi imagen me gustaba bastante. En ese momento entró Leo, le devolví el espejo a Marina. –No hace falta que te mires al espejo para saber que eres preciosa. Por cierto el vestido te queda muy bien. Me sonrojé y me dispuse a contestar cuando Marina me interrumpió: -Deja de tirarle los tejos a la muchacha. Que tú ya tienes a una. –Ya…- dijo Leo con mala cara. Me quedé paralizada. Para que mentir, esas palabras me acababan de romper el corazón. Un dolor que recorrió todo mi cuerpo.
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